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Las Joyas de la Virgen de los Reyes – de Sevilla a Agurain

Más noticias sobre el rocambolesco robo de las joyas de la Virgen de los Reyes y el túnel de Ezkerekotxa – de Sevilla a Agurain en 1953

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  • El joven ladrón sevillano, en su huida hacia el norte, puso a Agurain en el escenario del suceso de 1953 para demostrar, a la postre, el viejo dicho de que la ocasión hace al ladrón. Un policía, un retrete y un guarda vías son algunos elementos más de esta enrevesada historia perdida

 

La Virgen de los Reyes de Sevilla es la patrona de la ciudad y de todas las vírgenes que allí son veneradas como en ningún otro sitio. Robarle su manto y sus joyas como hizo un estudiante en 1953 era el peor pecado que se podía cometer. Los sevillanos se levantaron al unísono contra la afrenta. El ladrón, al huir hacia el norte y tras un inenarrable encuentro con un policía en el tren, digno del mejor Berlanga, tiró el tesoro por el retrete del vagón cuando el Talgo cruzó el túnel de Ezkerekotxa. Álava, cerca de Agurain, encrucijada de caminos, se vio así envuelta así en un suceso de época que impactó especialmente a los sevillanos que adoran a su virgen y que demostró a la postre ese viejo dicho de que “la ocasión hace al ladrón”. Del rey al último revisor o al guardavías de Renfe.

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El robo

El 15 de marzo de 1953 era domingo. Emilio García Gómez, de diecisiete años, había acudido a la catedral a escuchar la misa de 11.30 horas, la última de las que se celebraban durante la mañana en la Capilla Real donde se le rinde culto a la Virgen de los Reyes. Cuando concluyó la misa, pasadas las 12 horas, Emilio aprovechó la confusión que genera el abandono del lugar por parte de los fieles para agazaparse en la pequeña sacristía. Una vez cerrada la cancela se acercó al tesoro de la Patrona. El delincuente conocía a la perfección cada rincón de la catedral. Era amigo personal del sacristán y había acompañado a los turistas a las visitas del edificio. Todo eso le había permitido memorizar la ubicación de los objetos y las particularidades del régimen interior de la seo. Así que entró en la sala dando un empujón a la puerta y rompió las dos vitrinas que contenían las joyas que custodiaba el tesoro de la Patrona.

Con los bolsillos llenos de joyas (se contabilizaron 80 piezas robadas) aguardó Emilio García Gómez, pacientemente, en el interior de la catedral hasta la hora de apertura, entre las 15.30 y las 16.00 horas de la tarde, salió tranquilamente y se fue a su casa. Allí escondió los objetos. Era estudiante de los Hermanos Maristas y sin antecedentes penales y esperó dos meses para comenzar su huída. Pasado este tiempo, el ladrón entró en contacto con el platero José Ruiz Domínguez y le fue suministrando, durante unos días, diversas alhajas con el objeto de su arreglo. José Ruizno era ajeno a la procedencia de las mismas. Conocía a la perfección cada detalle de cómo habían sido substraídas del tesoro de la Virgen de los Reyes. Algunas de estas joyas fueron vendidas por el propio José al precio de 20.000 pesetas, aún sabiendo que ese dinero estaba muy por debajo de su valor real en el mercado legal. También le fue encomendada la venta de un valioso brillante que nunca fue vendido. Incluso fundió una sortija de Patrona para acometer y dar salida a trabajos personales.

 

Es, precisamente éste el que le aconsejó viajar a París, donde vivía un primo suyo y dar así salida al resto de piezas robadas en la Catedral.

Interventores

La huida

En la segunda semana del mes de junio, Emilio García Gómez comenzó su escapada hacia la capital francesa haciendo, en primer lugar, escala en Madrid. En los meses previos había vendido algunas alhajas al ya citado platero José Ruiz Domínguez con objeto de sufragar los gastos de su huida. También la sevillana María Cansino, desconociendo su oscura procedencia, le adquirió al joven una cadena y una medalla al precio de 250 pesetas.

 

Con todo esto, Emilio tomó el 9 de junio de 1953 el avión que le llevó a Madrid con todas las joyas como principal equipaje. Las escondió en un termo y en un panecillo que ahuecó quitándole la miga. Todo ello lo introdujo en una cartera de portar documentos para evitar los controles.

 

Al llegar a Madrid se hospedó en casa de unos sudamericanos que conoció en Sevilla, durante la Feria de Abril. Allí mismo, continuó mercadeando con las piezas robadas para seguir costeándose su viaje hacia Francia. Macario del Santo Alcalde, agente comercial madrileño, le llegó a comprar por 1.400 pesetas dos brillantes y parte de una cadena que, al enterarse de que eran robadas semanas después devolvió a las autoridades.

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El túnel de Ezkerekotxa

 

Emilio García tomó el 11 de junio de 1953 un tren Talgo con destino Irún. Desde allí comenzaría su incursión en tierras francesas. Pero el viaje resultó muy accidentado para él. En el trayecto un brigada móvil (un agente de los que iban en los trenes) le solicitó la documentación y, tras devolvérsela sin mediar palabra se quedó a dormir en la plaza que había libre junto al lugar donde éste viajaba. El cuadro es cien por cien cinematográfico. El ladrón de las joyas y el policía durmiendo a su lado sin darse cuenta.

Pero a Emilio aquella situación le pareció extraña y sospechó que algo pasaba. Así que temiendo ser descubierto por el brigada, se fue a los servicios del tren, y tiró por el retrete las joyas que guardaba en el termo, de modo que quedaron esparcidas por la vía. El ladrón se quedó, únicamente, con las que guardaba en el panecillo. Las arrojadas a la vía se esparcieron a la altura del túnel de Ezkerekotxa, en Álava, cerca de Agurain – Salvatierra.

Emilio fue retenido en la frontera franco-española por no cumplir su pasaporte con todos los requisitos legales. Ante el miedo de ser descubierto, intentó eludir el control, siendo detenido por las autoridades españolas. Éstas lo llevaron al calabozo de una de las comandancias de la zona y, antes de ser registrado, aprovechó para entrar en el retrete y esconder las joyas que guardaba en el panecillo alojándolas en su ropa interior. El ladrón pinchó las joyas en el calzoncillo, «al sitio de la entrepierna», como reza la sentencia.

La suerte le acompañó en ese momento pues fue sometido a un registro superficial en el que los agentes no notaron ningún elemento extraño que fuera más allá de las meras pertenencias personales.

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En París

Emilio García consiguió unos días después el complemento que le faltaba a su pasaporte para emprender su viaje a París donde llegó el 22 de junio. Al día siguiente, el delincuente acudió a la tintorería donde trabajabaAlberto Domínguez Muriel, un amigo madrileño con el que había compartido estudios en España. Era, además, primo de José Domínguez, el platero sevillano que le había programado la huída. Alberto trabajaba al servicio de la polaca Rosa Aranovici. Ambos desconocían la historia del robo pero empezaron a sospechar que algo extraño envolvía a la figura deEmilio García. Éste les había explicado que acudía a París para hacer turismo pero bien es cierto que no traía dinero alguno y tampoco contribuía, de ninguna forma, con los gastos que ocasionaba su estancia en la casa en la que ambos vivían.

Se extrañaron aún más cuando el joven ladrón sevillano le regaló a laseñora Aranovici una sortija de la Virgen de los Reyes aludiendo a que era de su madre. Formalizadas las sospechas y ante las insistentes preguntas de ambos, Emilio no tuvo reparo en contar lo que había hecho aquella mañana del 15 de marzo en la Capilla Real de la catedral de Sevilla para, a continuación, sacar de su bolsillo un pañuelo con las joyas que le quedaban y arrojarlas sobre la mesa.

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Al día siguiente Emilio ya tenía preparada su salida de París para viajar hacia Inglaterra. Allí le esperaba Kennetk George Brayley al que conoció durante su estancia en la capital francesa. Al mismo tiempo que planeaba su viaje a Gran Bretaña, las dos personas con las que había compartido casa en París (Alberto Domínguez Muriel Rosa Aranovici) denunciaron a Emilio ante la policía parisina y devolvieron varias de las alhajas robadas a las autoridades del país.

El joven sevillano, de 17 años, fue detenido e ingresado en prisión el 22 de julio de 1953, concretamente, un mes después de su llegada a París. Finalmente, el informe del perito que analizó las joyas robadas las valoró en 560.885 pesetas. El valor recuperado ascendió a 470.085 pesetas y todas las que faltaban fueron tasadas en unas 100.000 pesetas, aproximadamente.

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La trama alavesa

Pero como una hidra de siete cabezas, el mal tiene ramificaciones. Las joyas que Emilio lanzó por el retrete del Talgo en el túnel fueron encontradas a los pocos días por Máximo Gómez Fontanal, guardavías nocturno a las órdenes de Renfe. En el trayecto sometido a su vigilancia se encontraba el túnel de Ezkerekotxa. Por la velocidad del tren y la forma con la que fueron arrojadas, las joyas quedaron diseminadas por una gran superficie que el trabajador de la Renfe se encargó de recorrer en los días sucesivos con objeto de apropiarse de todas las piezas sin llegar a imaginar su oscura procedencia, aunque tampoco denunció a la Policía semejante regalo llegado del cielo.

Durante veintiún días tuvo en sus manos las joyas. Vendió algunas y otras fueron regaladas a amigos y familiares. Días después, uno de sus amigos le recomendó depositar las joyas ante la policía vitoriana ante la extrañeza de los hechos. Así lo hizo. El guardavías decidió hacer entrega de algunas de las joyas que le quedaban en su domicilio pero ocultó, en todo momento, aquellas otras que había acabado regalando o vendiendo y que habían sido valoradas en 50.000 pesetas.

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Vendidas en Irún

 

Transcurrida una semana Máximo Gómez Fontanal viajó a Irún para dirigirse al establecimiento de joyería y relojería que regentaba Enrique Antonio Quesada Uzcanga. A éste le ofreció buena parte de las joyas que todavía poseía y que no habían sido entregadas a la Policía vitoriana. El joyero aceptó la compra de varias piezas entendiendo, tras analizarlas, que todas ellas atesoraban gran valor. De este modo, se quedó con tres sortijas de oro, dos aretas y dos broches del mismo material, un solitario de caballero, una sortija de platino y oro con un brillante y otras piezas de menor valor. Todo ello fue adquirido por 775 pesetas, un precio muy inferior a su valor real.

Buena parte de estas joyas fueron deshuesadas o sus piedras fueron reemplazadas por otras, utilizando sus metales en diversos trabajos.

Cuando a los pocos días, el escándalo de la detención de su principal responsable y el recorrido que había hecho con las joyas saltaron a las hojas de la prensa, el relojero compareció ante la policía asegurando que, entre sus joyas, se encontraban algunas de las robadas a la Virgen de los Reyes. Sin embargo, su declaración fue realizada de forma parcial, de modo que ocultó muchas de las piezas que había adquirido a aquel guardavías de la Renfe.

Los joyeros tenían la obligación, en aquella época, de poseer un libro de asiento en el que registraban todas aquellas piezas con las que trabajaban. Algunas de las robadas a la Virgen de los Reyes y que llegaron hasta sus manos no fueron registradas en libro alguno, hecho que alertó a la policía para denunciarlo ante el juez. Estas joyas no registradas le fueron intervenidas y los expertos la valoraron en 9.100 pesetas. Obsérvese la diferencia entre las 750 pesetas por las que habían sido adquiridas y las 9.100 en la que fueron valoradas, sólo parte de ellas. Esta parte se corresponde con las que no habían sido entregadas a la policía y que, posteriormente, las autoridades intervinieron en su taller.

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Vendidas en Agurain – Salvatierra

Máximo Gómez Fontanal, el guardavías de Renfe, también había vendido parte de las joyas encontradas junto a los raíles a un relojero de Salvatierra, que ejercía el oficio en la clandestinidad. También se llamaba Máximo y sus apellidos Preciado Iñiguez de Nanclares. Adquirió a precio extremadamente bajo diversas piezas escalonadas en tres operaciones. La última, el 20 de junio de ese año. Entre ellas, una montura de oro y un trozo de un rosario del mismo material, compradas por 21 pesetas, un broche de oro con perlitas y turquesas, por la que pagó 75 pesetas, dos barritas de plata con diamantes pequeños y un trozo de anillo de oro bajo en forma de lanzadera, vendidas por 391 pesetas. Y, finalmente, un pendiente de oro y platino con dos brillantes que le costó 400 pesetas.

Sirva esta última adquisición como ejemplo del escaso precio que pagó a su tocayo, el guardavías, por estas piezas. Pagó por el pendiente 400 pesetas y fue vendido por 1.100 pesetas cuando, realmente, los peritos los tasaron en 10.000 pesetas.

Esta pieza fue vendida en Vitoria a una corredora de alhajas y de nombre Filomena Mendoza Pereda. Ésta la revendió en 1.700 pesetas pero no tardó en arrepentirse porque era consciente del valor de la pieza que, como hemos referido anteriormente, ascendía a 10.000 pesetas.

Filomena no dudó en encontrar la más rebuscada de las excusas para convencer al que le había comprado la valiosa joya, José Sciortino Crisi, con objeto de que se la devolviera. De esta forma recurrió a un conocido,Gregorio Villareal, de prestigiosa familia y que se hizo pasar por el verdadero dueño de la pieza. Filomena Gregorio tuvieron que regatear hasta el extremo con José que, finalmente, accedió a devolver el pendiente por el precio de 2.000 pesetas, 300 pesetas más de lo que le había costado.

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EL TESORO DEL TUNEL DE EZQUERECOCHA
15 de Marzo de 1953
El robo del tesoro de las joyas de la Virgen de los Reyes de Sevilla. De la catedral de Sevilla al túnel de Ezquerecocha. Un argumento digno de un thriller policíaco.

 

el etnógrafo aguraindarra Kepa Ruiz de Eguino presenta un nuevo fruto de su actividad investigadora, desempolvando el recuerdo de unos hechos que ocurrieron hace ya más de sesenta años en la Llanada, pero que tuvieron sus ramificaciones en Irun, París y Londres, aunque el asunto se inició nada más y nada menos que en Sevilla.

Esta historia, según desvela Ruiz de Eguino, comenzó en el mes de junio del año 1953, cuando Máximo Gómez, un empleado de Renfe que ejercía de guardavías, estaba trabajando en el túnel próximo a la localidad de Ezkerekotxa. Allí encontró diversas joyas diseminadas por la vía férrea, que pasa a unos cuatrocientos metros al sur del pueblo, donde hay un apeadero en el que ya no paran trenes. A escasos doscientos metros, en dirección a Vitoria, se encuentra la boca de un túnel, que tiene medio kilómetro de longitud. Fue allí, donde Gómez encontró aquellas joyas, algunas de las cuales vendió y otras regaló.

Como es natural, aquella repentina riqueza del guardavías no pasó desapercibida en Salvatierra y Máximo no pudo o no supo mantener el secreto. En consecuencia, la vía del tren, a su paso por el túnel de Ezkerekotxa e incluso más allá, se vio frecuentada por gentes que buscaban joyas “como si buscaran caracoles”, tal como comenta el etnógrafo.

En una sociedad tan controlada como la de aquellos años, aquella repentina abundancia de joyas no pudo pasar desapercibida para las fuerzas de orden público, que no tardaron en investigar el asunto. Varios vecinos fueron detenidos y llevados a declarar a comisaría. Ente ellos al relojero de Agurain Máximo Preciado, quien había comprado algunas joyas a su tocayo el guardavías. También fueron llamados a declarar varios vecinos, los cuales habían querido hacer diversas compras pagando con joyas, también a un sastre a quien habían querido abonar un traje mediante una cruz episcopal con piedras preciosas. Para entonces la noticia ya había salido en los periódicos, de tal manera que el guardavías empezó a ser consciente de la gravedad del asunto. Así es que, aconsejado por un amigo, decidió entregar las joyas que le quedaban en la comisaría de Vitoria.

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Pero no todas. Se quedó con tres sortijas de oro, dos aretas y dos broches también de oro, un solitario de caballero, una sortija de platino y oro con un brillante y otras piezas de menor valor, con las que se trasladó a Irun para venderlas al joyero Enrique Antonio Quesada por 775 pesetas, un precio muy inferior a su valor real. Para entonces las investigaciones habían avanzado y la Policía ya sabía que las joyas procedían de un robo, cuyo autor ya había sido detenido. Fue al leer esa noticia en el periódico, cuando el joyero de Irun, a quien ya le habían extrañado las características de las piezas, se dirigió con ellas a la Policía, si bien se quedó él también con algunas. En aquella época los joyeros debían llevar un llamado Libro de Asiento, en el que tenían la obligación de consignar todas las joyas que pasaban por sus manos, pero Quesada no lo hizo así con todas las joyas que había comprado a Gómez.

El día 15 de marzo de 1953, un joven de 17 años, de nombre Emilio García Gómez, había perpetrado un robo en la capilla de la Virgen de los Reyes de la catedral de Sevilla. Permaneció algún tiempo escondido pero, temiendo ser descubierto, decidió trasladarse con su botín al extranjero. Le ayudó en su huida un platero, de nombre José Ruiz Domínguez, quien además le compró algunas joyas. García Gómez viajó primero a Madrid, donde cogió el Talgo con destino a Irun el día 11 de junio. Nada más pasar Vitoria entró en el vagón un policía que le pidió la documentación. Emilio, asustado, entró en el aseo con una bolsa en la que llevaba un bocadillo y un termo que contenía las joyas que había robado. Una vez echado el pestillo, arrojó al pasar por el túnel de Ezkerekotxa la mayor parte de las joyas por el retrete, acaso con la intención de volver más adelante a por ellas, excepto algunas que escondió en el bocadillo y en su ropa interior. Según desvela Ruiz de Eguino, puede leerse en la sentencia judicial que “el ladrón pinchó y pendió las joyas en los calzoncillos, al sitio de la entrepierna”.

Las cosas se le complicaron a Emilio García, ya que al llegar a Irun le faltaba algún trámite en el pasaporte, por lo que no pudo cruzar la frontera hasta el día 22, llegando ese mismo día a París, donde se alojó en una casa donde vivían un español, llamado Alberto Domínguez, y Rosa Aranovici, una pintora polaca.

En París conoció a un tal Kenneth George Brayley, a quien debió desvelarle sus aventuras, quien le organizó un viaje a Londres, donde le ayudaría a vender el botín. El inglés viajaría primero, preparándole el terreno a García Gómez, que debía ser muy comunicativo, ya que además había hecho sabedores de sus andanzas a sus compañeros de piso, a quienes les habría dado algunas piezas, con las que se fueron a la Gendarmería para denunciarle. De esa manera, Emilio García fue detenido por Scotland Yard en Londres el 22 de julio, siendo entregado a la Policía española.

Entretanto, el relojero de Salvatierra había vendido un pendiente -que había comprado al guardavías por 400 pesetas- a una corredora de alhajas vitoriana, llamada Filomena Mendoza, por 1.100 pesetas, quien la revendió por 1.700. Una tasación posterior la valoró en 10.000. Mendoza se dio cuenta de que había hecho un mal negocio, intentando que el comprador, de nombre José Sciortino Crisi, le devolviera el pendiente. Para ello convenció a un amigo suyo, Gregorio Villarreal, para que se hiciera pasar por el dueño de la joya, alegando que había habido un error y que ésta valía mucho más que las 1.700 pesetas pagadas. Al final, tras muchos regateos, Mendoza pudo obtener 2.000 pesetas.

Pérdida por el camino El total de las joyas robadas fue valorado en 560.885 pesetas de la época. Las recuperadas se tasaron en 470.085 pesetas, por lo que casi 100.000 en joyas se perdieron por el camino. La Policía detuvo por este caso a siete personas. El juicio no se celebró hasta casi ocho años después, dictando sentencia la Audiencia Territorial de Sevilla el día 30 de enero de 1961. Previamente, el Ayuntamiento de Sevilla, en desagravio por lo ocurrido, había concedido a la Virgen de los Reyes la Medalla de la Ciudad.

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El 15 de Marzo de 1953, Emilio García  Gómez un joven de 17 años robaba las joyas y alhajas del tesoro de la Virgen de los Reyes de la catedral de Sevilla y en su huída y tras pasar por Madrid y Vitoria y al verse acorralado  por inspectores de los servicios secretos, decidió despojarse de una parte grande del botín, se metió en los lavabos del tren y tiró cantidad de joyas justo en el momento en que el talgo entraba en el túnel de Ezquerecocha, ya muy cerca de Agurain, rompiéndose en mil pedazos y desperdigándose brillantes joyas, piezas de oro, de plata, brillantes y piedras preciosas por las vías de este oscuro túnel.

El viaje del joven sevillano siguió, tras muchas peripecias, a través de Irún  hasta París para acabar siendo detenido en Londres por miembros se Scotland  Yard.

Es curioso porque en el año 1953 no había Unión europea y con la jefatura del Estado en manos del Dictador, Europa no miraba con buenos ojos y sin embargo la detención del ladrón, fue fruto de la eficaz intervención de la Policía nacional, la prefectura parisina, el famoso Scotland Yard y la inestimable colaboración de una misteriosa pintora polaca, amiga o amante del ladrón y residente en Paris.

Pero en cuanto a lo que a nosotros nos atañe comenzaron a circular piezas de oro y joyas  por los comercios de Agurain, al parecer un guardavías, Máximo Gomez, que trabajaba en el túnel de Ezquerecocha empezó a encontrar parte del tesoro diseminado por las vías del tren y las fue vendiendo o regalando a amigos y familiares de la Villa y al enterarse la gente comenzó la búsqueda del tesoro como si fueran a buscar caracoles y eso que era Julio, Julio de 1953.

 

Hasta que llegó la noticia a las fuerzas del orden público y comenzaron las investigaciones por los comercios de la Villa, siendo detenidas algunas personas y algún joyero y llevados a declarar a la comisaría.

Algunos comerciantes de Agurain aún recuerdan como sus padres fueron llamados a declarar sobre posibles pagos de especias con oro o alhajas o para explicar cómo  algunas personas habían ofrecido cruces o colgantes de obispo de oro y piedras preciosas a cambio de una traje a medida o un vestido para la señora.

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El paradero de las joyas arrojadas al retrete
Cuando Emilio viajaba en el Talgo desde Madrid a Irún, el temor porque lo descubriera el brigada que le pidió la documentación, le hicieron arrojar buena parte de las joyas por el retrete. Todas estas pieza
s, sin quererlo, formaron parte de una segunda trama de esta historia que acaba con nuevos detenidos.
Álava, noche del 11 de junio. Joyas por el retrete.

Las joyas que fueron arrojadas por el retrete del Talgo en el que viaja fueron encontradas a los pocos días porMáximo Gómez Fontanal, guardavías nocturno a las órdenes de Renfe. En el trayecto sometido a su vigilancia se encontraba el túnel de Ezquerecocha (Álava), a cuya altura el delincuente se había desecho de las joyas que escondía en el termo.

Por la velocidad del tren y la forma con la que fueron arrojadas, las joyas quedaron diseminadas por una gran superficie que el trabajador de la Renfe se encargó de recorrer en los días sucesivos con objeto de apropiarse de todas las piezas sin llegar a imaginar su oscura procedencia.

Durante veintiún días tuvo en sus manos las joyas. Vendió algunas y otras fueron regaladas a amigos y familiares. Días después, uno de sus amigos le recomendó depositar las joyas ante la policía vitoriana ante la extrañeza de los hechos. Así lo hizo. El guardavías decidió hacer entrega de algunas de las joyas que le quedaban en su domicilio pero ocultó, en todo momento, aquellas otras que había acabado regalando o vendiendo y que habían sido valoradas en 50.000 pesetas.

19 de junio: Vendidas en Irún

Transcurrida una semana Máximo Gómez Fontanal viajó a Irún para dirigirse al establecimiento de joyería y relojería que regentaba Enrique Antonio Quesada Uzcanga. A éste le ofreció buena parte de las joyas que todavía poseía y que no habían sido entregadas a la Policía vitoriana. El joyero aceptó la compra de varias piezas entendiendo, tras analizarlas, que todas ellas atesoraban gran valor. De este modo, se quedó con tres sortijas de oro, dos aretas y dos broches del mismo material, un solitario de caballero, una sortija de platino y oro con un brillante y otras piezas de menor valor. Todo ello fue adquirido por775 pesetas, un precio muy inferior a su valor real.

Buena parte de estas joyas fueron deshuesadas o sus piedras fueron reemplazadas por otras, utilizando sus metales en diversos trabajos.

Cuando a los pocos días, el escándalo de la detención de su principal responsable y el recorrido que había hecho con las joyas saltaron a las hojas de la prensa, el relojerocompareció ante la policía asegurando que, entre sus joyas, se encontraban algunas de las robadas a la Virgen de los Reyes. Sin embargo, su declaración fue realizadade forma parcial, de modo que ocultó a la policía muchas de las piezas que había adquirido a aquél guardavías de la Renfe.

Los joyeros tenían la obligación, en aquella época, de poseer un libro de asiento en el que registraban todas aquellas piezas con las que trabajaban. Algunas de las robadas a la Virgen de los Reyes y que llegaron hasta sus manos no fueron registradas en libro alguno, hecho que alertó a la policía para denunciarlo ante el juez

 

 

El joven sevillano, de 17 años, fue detenido e ingresado en prisión el 22 de julio de 1953, concretamente, un mes después de su llegada a París. Finalmente, el informe del perito que analizó las joyas robadas las valoró en 560.885 pesetas. El valor recuperado ascendió a 470.085 pesetas y todas las que faltaban fueron tasadas en unas 100.000 pesetas, aproximadamente.

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JOYAS Y ALHAJAS DEL TUNEL DE EZQUERECOCHA

En 1953 todos los periódicos de la época se hacía eco de la gran cantidad de alhajas recogidas en el túnel de Ezquerecocha (Alava) cercano a Agurain. Según aquellas noticias, un empleado de vías y obras de la Renfe llamado Máximo Gomez Fontanal, encontró en varias veces gran cantidad de alhajas –algunas de clara procedencia sagrada- que vendió por la zona, incluso hasta en Irún y que regaló a vecinos y amigos.

Aquello, como ya quedó hecha cumplida información en días pasados en todos los informativos, alertó a la policía y permitió relacionar el paso de García Gómez (el joven sevillano que robó las joyas de la catedral) por Irún con el hallazgo. Nos remitimos a la nota oficial de la Jefatura de policía de Julio de 1953.

A continuación se ofrecía la relación de las joyas encontradas incluso se insertaban fotos con algunas de las alhajas:

 

1- Cruz de topacio, pectoral, diamantes montados en plata antigua – 8000 ptas.
2- Cruz de amatistas, pectoral de oro, le falta una pieza.
3 y 4 –  Dos trozos de collar gargantilla de brillantes y diamantes 7500 ptas.
5- Una ramo imperdible antiguo de diamantes rosas con plata y otro con perlas finas roto. 6-Un trozo de collar o colgante montado en oro y plata con diamantes rosas.
7- Seis trozos de collar o colgante con diamante montados en piedra y oro.
8- Seis amatistas en armazón de oro, uno de ellos con perlas.
9- Un topacio montado en oro.
10- Un diamante rosa en forma de pera que es parte del nº 6.
11- Un par de pendientes de oro filigrana y perlltas aljófar, uno de ellos roto.
12- Una crucecita de oro de rosario.
13- Un pasador de cadena de obispo de diamante.
14- Colgante suelto perteneciente a una gargantilla sin la piedra de platino con brillantes.
15- Pendiente con garras y sin piedra de platino con brillantes.
16- Una montura de oro ovalada.
17- Una montura de oro sin piedra.
18- Otra montura de oro con nueve perlitas.
19- Un trozo de cadena de platino muy fina.
20- Dos trozos de rosario con perlas.
21- Restos de monturas de oro.
22- Un trozo de rosario.
23- Una pulsera rígida antigua de piedras aljofar.
24- Un anillo pectoral con amatistas y brillantes.
25- Una pulsera de oro partida en dos trozos, conocida como las llamadas “esclavas”.
26- Una sortija de oro con topacios rodeada de perlitas en número de diez y seis.
27- Una sortija de oro, tipo lanzadera con pequeños brillantes , faltan tres de éstos, con esmaltes negros.
27bis– Una sortija de señora cuerpo central de tres círculos toda ella de diamantes.
28- Una pulsera de señora rellena de esmeraldas y brillantes con nueve de las primeras y de las segundas diez, cadena de oro, faltando bastantes esmeraldas y brillantes con un colgante simulando medio corazón con idénticas piedras y dos rubíes lleva grabada en uno de los laterales de la parte central la fecha 25-1895- y la inscripción “fecha inolvidable”.
29- Un broche imperdible de oro con cuatro brillantes y tres perlas finas.
30- Un broche imperdible de tubo de oro con pequeñas perlas en el centro.
31- Un cruz de oro y esmalte, llevando engarzados seis brillantes.
32- El cuerpo al parecer de un camafeo, etc…ETC..
Y así hasta más de 400.000 pesetas de las de 1953. Además de algunas joyas históricas y otras de valor incalculable derramadas por las vías del tren hasta cerca de Agurain, donde por cierto varios años después unos trabajadores de las vías volvieron a encontrar  joyas religiosas.
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Máximo Gómez Fontanal, el guardavías de Renfe, también había vendido parte de las joyas encontradas junto a los raíles a un relojero de Salvatierra, que ejercía el oficio en la clandestinidad. También se llamaba Máximo y sus apellidos Preciado Iñiguez de Nanclares.

Adquirió a precio extremadamente bajo diversas piezas escalonadas en tres operaciones. La última, el 20 de junio de ese año. Entre ellas, una montura de oro y un trozo de un rosario del mismo material, compradas por 21 pesetasun broche de oro con perlitas y turquesas, por la que pagó75 pesetasdos barritas de plata con diamantes pequeños y un trozo de anillo de oro bajo en forma de lanzadera, vendidas por 391 pesetas. Y, finalmente, un pendiente de oro y platino con dos brillantes que le costó 400 pesetas.

Sirva esta última adquisición como ejemplo del escaso precio que pagó a su tocayo, el guardavías, por estas piezas. Pagó por el pendiente 400 pesetas y fue vendido por 1.100 pesetas cuando, realmente, los peritos los tasaron en 10.000 pesetas.

Esta pieza fue vendida en Vitoria a una corredora de alhajas y de nombre Filomena Mendoza Pereda. Ésta la revendió en 1.700 pesetas pero no tardó en arrepentirse porque era consciente del valor de la pieza que, como hemos referido anteriormente, ascendía a 10.000 pesetas.

Filomena no dudó en encontrar la más rebuscada de las excusas para convencer al que le había comprado la valiosa joya, José Sciortino Crisi, con objeto de que se la devolviera. De esta forma recurrió a un conocido, Gregorio Villareal, de prestigiosa familia en la localidad y que se hizo pasar por el verdadero dueño de la pieza. Filomena y Gregorio tuvieron que regatear hasta el extremo con José que, finalmente, accedió a devolver el pendiente por el precio de 2.000 pesetas, 300 pesetas más de lo que le había costado.

El juicio. 30 de enero de 1961

Casi ocho años después del sacrílego robo, el 30 de enero de 1961, la Audiencia Territorial de Sevilla dictaba sentencia. La ciudad había honrado sobremanera a la Patrona con una misa en desagravio y con la imposición de la Medalla de la ciudad en 1958.

Al juicio acudían procesados casi una decena de personas. Entre ellas, el sacristán de la Catedral, Domingo Padilla Fernández, acusado por el Ministerio Fiscal, al que muchos responsabilizaron del robo y que finalmente, quedó absuelto.

Emilio García Gómez
. Condenado como autor de un delito de robo, con una circunstancia de atenuación, a seis años de presidio menor. Pese a todo fue considerado un atenuante que los hechos los cometiera siendo menor de edad al contar con 17 años. A la condena se le añadió la suspensión de sus cargos públicos, profesión u oficio así como el derecho de sufragio durante su estancia en prisión. También se le requirió pagar 100.000 pesetas a la Capilla Real de la Catedral de Sevilla, 250 a María Cansino García y 1.400 pesetas a Macario del Santo Alcalde. Su defensa reconoció conductas delictivas de su cliente si bien solicitó, tan sólo, una pena de dos en lugar de los seis con los que fue sentenciado.

José Ruiz Domínguez
. Platero que ayudo a escapar a Emilio además de comprarle joyas. Condenado como autor de un delito de encubrimiento a dos años de presidio menor y multa conjunta de 5.000 pesetas. A la condena se le añade la suspensión de sus cargos públicos, profesión u oficio así como el derecho de sufragio durante su estancia en prisión. También fue condenado a indemnizar a María Liñán con 7.000 pesetas. Su defensa había solicitado la absolución al no encontrar hecho delictivo alguno.

Máximo Gómez Fontanal
. Guardavías de Renfe. Condenado como autor de un delito de hurto a seis años y un día de presidio mayor. También se procede a la inhabilitación en su oficio durante el tiempo que durara la condena. La sentencia también le obliga a indemnizar a José Sciortino Crisi con 7.000 pesetas. Su defensa había negado en el juicio todos los hechos que se le imputaban por lo que solicitó su absolución.

Enrique Antonio Quesada Uzcanga
. Joyero de Irún. Negocia con las joyas que le vende el guardavías. Condenado como autor de un delito de receptación a la pena de seis años y un día de presidio mayor y 25.000 pesetas de multa. También se procede a la inhabilitación en su oficio durante el tiempo que durara la condena. Durante el juicio, su defensa negaba la participación de éste en los hechos.

Máximo Preciado Iñiguz de Nanclares
. Le compró joyas al guardavías y las vendió a Filomena, la corredora de alhajas vitoriana. Condenado como autor de un delito de encubrimiento a la pena de dos años, cuatro meses y un día de presidio menor, 5.000 pesetas de multa. A la condena de le añade la suspensión de sus cargos públicos, profesión u oficio así como el derecho de sufragio durante su estancia en prisión. También se le condena a indemnizar a José Sciortino Crisi con 7.000 pesetas. Su defensa alegó que los hechos que se le imputaban no estaban probados por lo que le solicitaba la absolución.

Filomena Mendoza Pereda
. Corredora de joyas vitoriana. Condenada como autora de un delito de encubrimiento a la pena de seis meses y un día de prisión menos y una multa de 5.000 pesetas. A la condena se le añade la suspensión de sus cargos públicos, profesión u oficio así como el derecho de sufragio durante su estancia en prisión. A todo ello, se le une la condena a indemnizar a José Sciortino Crisi con 7.000 pesetas. Su defensa alegó que el sumario del juicio no demostraba culpabilidad alguna de la procesada y solicitaba su absolución.

Agradecimientos:
José Antonio Rodríguez, periodista que hizo un impresionante trabajo de investigación sobre lo ocurrido en torno al robo del año 1953 de las joyas de la Virgen de los Reyes de Sevilla, la huída y las sentencias de los juicios de 1961.

FRANCISCO GONGORA

FERNANDO SANCHEZ ARANAZ

  Así como todas las personas mayores de Agurain que nos han ayudado a componer esta historia tan novelesca.

KEPA RUIZ DE EGUINO

 

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