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Árboles singulares de Agurain

Árboles con historia de Agurain

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El “Tejo” de los Begoña

Si algún árbol podría contar historias de nuestro pueblo ese sería un tejo que según la leyenda lo plantó Martín Martínez de Oquerruri en el jardín de su casa de la Calle Mayor de Agurain hace cerca de quinientos años.

El Alcaide Oquerruri fue un valiente caudillo de los vecinos de esta Villa contra los invasores del Conde de Salvatierra, Don Pedro López de Ayala, consiguiendo vencer a este y sus huestes, ganando varios trofeos de guerra cuando los salvaterranos fieles a Carlos I, desoyeron las arengas y apremiantes órdenes del turbulento Conde, para que estos naturales secundaran el movimiento de las Comunidades.

Defendió con desinterés los derechos de esta Villa y murió el miércoles 6 de Noviembre de 1538, estando casado con doña María Fernández de Lazárraga.

Estamos hablando del Tejo, con mayúsculas por respeto a su senectud de la Casa de Begoña, éste hermoso ejemplar arbóreo que según algunas fuentes tiene cerca de cinco siglos de vecindad en la principal calle de Agurain, la Calle Mayor, por donde ha visto pasar generaciones de hijos de ésta Villa.

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Otros estudios rebajan su edad entre finales del siglo XVI y principios del siglo XVII, cerca cuatrocientos años, en cualquiera de los casos se trata del más antiguo de la Villa, lo que es curioso que aunque los tejos (Taxus Baccata) crecen a más altura de los mil metros, aquí se encuentra a sus anchas junto a la muralla del jardín, a pesar de vivir a 600 metros.

El tejo es un árbol sagrado para multitud de pueblos, han sido símbolo de vida por su longevidad, es una de las especies naturales más utilizadas por la medicina para luchar contra el cáncer gracias a los “taxanos” que contienen su corteza y hojas, en la actualidad se sabe que en los tejos, un árbol muchas veces repudiado por su toxicidad y que puede llegar a ser mortal por ingesta en el hombre, hay tres componentes en sus hojas y en la corteza que se usan para combatir hasta catorce tipos de cáncer, como el de próstata, ovario, mama, cabeza o cuello, entre otros.

También lo son de muerte, debido al contenido venenoso de algunas de sus partes y en muchos lugares se plantaron junto o en los cementerios.

Este tejo a pesar de su edad está en un excelente estado de conservación.

_20180410_172912Tejo de la Casa de Begoña en la Calle Mayor de Agurain

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Los Olmos de la Campa de Santa María (hoy desaparecidos)

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En la “Campa” de Santa María se encontraba una hilera de grandes olmos centenarios que marcaban el camino hacia la iglesia y que en la década de los sesenta tuvieron que ser talados como consecuencia de una enfermedad de éstos árboles llamada “grafiosis”.

La grafiosis es una enfermedad, causada por un hongo que ataca a todas las especies de olmos y es capaz de matar rápidamente a un árbol vigoroso en pocas semanas.

El olmo más común es el olmo campestre o álamo negro (Ulmus carpinifolia), que crece espontáneo o cultivado por toda la península. Es abundante en las zonas rurales y como árbol ornamental

Y es que este emblemático árbol, hoy día casi extinto, solía presidir desde tiempos inmemoriales las plazas de las villas y pueblos, marcando el camino hacia la iglesia y  era testigo de la vida diaria de cada habitante desde el día de su nacimiento, de sus trabajos y negocios, de sus descansos y charlas, hasta el día de su muerte, cuantos bautizos y funerales habrán pasado por delante de éstos olmos de Santa María

Los olmos siguieron siendo parte del paisaje, de la vida cotidiana y la economía rural, hasta hace apenas medio siglo.

Fue una científica, la holandesa Christine Buisman, quien demostró en 1927 que tal dolencia era causada por un hongo, Ophiostoma ulmi.

Esta grave enfermedad, que afecta con enorme virulencia a los olmos, se extiende a través de un pequeño insecto, una especie de escarabajos llamados escolitinos. Estos insectos portan en su cuerpo las esporas del hongo y, al alimentarse de la madera del árbol, las van diseminando por el interior del mismo. El hongo colapsa los vasos conductores de savia, por lo que el árbol comienza a marchitarse. En pocos meses las verdes copas se secan y el árbol muere.

Prácticamente el noventa por ciento de los olmos desaparecieron de la península en las últimas décadas, hasta convertirse hoy día en una especie en peligro de extinción. Las nuevas generaciones lo desconocen por completo, pues difícilmente pueden ya encontrarse olmos en el paisaje, ni siquiera rural, que nos den testigo del importante papel que tuvieron estos árboles en la vida cotidiana de nuestros antepasados.

«No debemos privar a las generaciones futuras de un paisaje, de un espectáculo como el que nuestros mayores y nosotros mismos hemos contemplado”.

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